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Melina León, la primera cineasta peruana que nos representa en el Festival de Cannes

Melina León es una observadora minuciosa  y una mujer introspectiva. La caracterizan su sonrisa permanente y la suavidad de su temperamento. Pero cuando se trata de llevar adelante sus proyectos es una pequeña e indetenible fuerza de la naturaleza. Guionista, directora y, si se requiere, también productora. Habla bajito pero vuela alto.

En su casa, que es también el centro de operaciones de su empresa productora La Vida Misma Films, el arte es una expresión presente por los cuatro costados, y la fotografía de su padre, Ismael León, fallecido hace cuatro años, una figura que acompaña la cotidianidad. Sobre la mesa hay un diario en el que  Melina aparece acompañando la noticia de su próximo paso por Cannes. Lo ha comprado su madre, reconoce. Su familia es su primera y gran aliada. Su otro gran soporte es su equipo de trabajo, una extensión de afectos y una suma de complicidades que comparten con ella el buen humor y el amor por el cine.

Casi una década después de abrazar una historia que su padre periodista le entregó, Melina está lista para mostrar su primer largometraje. Y lo hará a lo grande: Canción Sin Nombre, estará en Cannes, en la Quincena de Realizadores, una muestra paralela que se realiza en el marco del prestigioso festival de cine. La película, que la ha puesto en las portadas, es una realidad gracias a dos de sus grandes virtudes: sensibilidad en grandes dosis y persistencia a toda prueba.

La historia, que retrata el drama de una mujer andina cuyo bebé recién nacido desaparece de una clínica falsa y desarrolla la desesperada búsqueda que emprende ésta, ayudada por un joven periodista limeño, aborda con precisión el delicado tema del tráfico de niños que proliferó en el Perú en los ochenta, los años más duros de la violencia terrorista y la crisis económica.

Melina buscaba contar qué nos pasó en aquella época y el jurado que la eligió para participar en la muestra, junto a otras 23 películas , ha calificado esa intención hecha filme como una pieza“íntima y política, una puesta en escena precisa y visualmente suntuosa; un hermoso descubrimiento”. Merecidos elogios para el talento de quien será la primera mujer peruana en representarnos en un espacio en el que debutaron directores ahora famosos como Martin Scorsese, Sofía Coppola y Werner Herzog. Ella asume ese gran paso con serenidad y agradecimiento a quienes la ayudaron a empezar en este camino.

Cuando le pregunto qué imagen o persona vino a su mente en el momento de la buena noticia, su respuesta inmediata va hacia su primer trabajo en cine y el recuerdo de la amiga ausente: Nene Herrera, la vestuarista de la película, fallecida el año pasado, a quien considera clave en su vida y su carrera por el apoyo que recibió de ella desde que se conocieron en el rodaje de Coraje, la película sobre María Elena Moyano en la que Melina trabajó. Allí estuvo bajo las órdenes de José Watanabe, el destacado poeta que, en esa producción, fue director de arte. “Era mi primer trabajo en cine. Fue duro. Tenía un jefe severo y exigente. Nene me rescataba de esa dureza y me ayudaba a poner todo en perspectiva”, recuerda Melina. La sororidad no se olvida.

Esas mismas palabras de aprecio y agradecimiento son las que guarda para Inti Briones, en quien Melina confió la dirección de fotografía de Canción Sin Nombre,  que terminó siendo para la película una pieza determinante por sus aportes y participación constante para llevar adelante el proyecto.

Entregarse a la búsqueda

El camino de Melina en el mundo del arte empezó muchos años antes de ese primer paso por el cine y de este gran hito que hoy anuncia un auspicioso porvenir para su carrera como directora. Se enamoró del teatro y la danza cuando tenía 8 años y,  mirando a los Yuyachkani, aprendió que el espíritu de la creación artística y el mensaje social podían caminar de la mano. Que desde el arte se podía decir mucho y se podía generar gran impacto. Y adoptó ese propósito casi de manera insconsciente para plasmarlo en su trabajo.

De su padre, periodista, y su madre, antropóloga, tomaría el gusto por recolectar y contar historias. La manera y la mirada serían, eso sí, una elección más personal.“La realidad entraba todos los días a mi casa en una ruma de papeles y fotos en blanco y negro”, dice Melina. En los ochenta, con un país en medio de la violencia y la crisis, el cine parecía un buen escape para esa realidad. “Ya luego te das cuenta que el cine puede ser mucho más. Puede ser un espejo de toda la experiencia humana, de esa necesidad de escapar por momentos, pero también de conectarte.”

Su vocación generó no pocas voces intentando disuadirla. Pero esos comentarios fueron, más bien, un impulso para continuar. Terminó sus estudios en la Universidad de Lima y se fue a Nueva York. Allí la esperaba una maestría en dirección de cine en la prestigiosa universidad de Columbia y luego, cuando eso terminó, decidió quedarse para experimentar y disfrutar de la ciudad “fuera de la burbuja de la vida de estudiante”, como ella dice. NY fue su hogar por casi 13 años. Consiguió trabajo como editora en una empresa que realizaba documentales y disfrutó de las ventajas de la soledad en una metrópoli llena de posibilidades. “Creo que cuando te enfrentas a una sociedad diferente es que finalmente te das cuenta quién eres”, reconoce. Melina se adaptó con facilidad a esta ciudad llena de historias y de migrantes.

Volver

Regresó al Perú en 2015 para ponerle el acelerador a Canción sin Nombre que ya desde el 2009 era un proyecto en curso. Y no fue nada fácil. “Hubo una temporada de idas y venidas de un guión con una empresa productora pero finalmente eso se truncó y yo asumí todo el proyecto en el 2012. No era productora con experiencia pero aprendí en el camino. Nos presentábamos a las convocatorias y perdíamos una y otra vez. Pero había que recuperarse rápido e insistir. Tengo algo de ese espíritu de mis dos maestros japoneses: si no funcionó algo, pues hay que hacerlo funcionar de otra manera”.Y el 2014, finalmente la insistencia dio frutos: ganó el premio del concurso nacional de obras de largometraje de ficción otorgado por el Ministerio de Cultura y eso le dio luz verde a sus planes.

Después de muchas puertas cerradas y mucho tiempo de persistente espera, se abrieron las necesarias y aparecieron las personas adecuadas para avanzar. Se unieron como coproductores desde Suiza y España. En Perú, se sumó la participación de Inti Briones, Rolando Toledo y Lamula Producciones.“Hemos recibido muchos regalos en esta película. Hay una fe en la realidad y la vida que nos ha ayudado en ese proceso. He aprendido de la sabiduría de Inti  a ocuparme y no a preocuparme, a no sufrir antes de que las cosas sucedan. Y siento que tengo ganas de seguir explorando y profundizando en todo lo que esta experiencia nos ha dejado”.

Con un sentido del humor a prueba de cualquier estrés de rodaje o prefestival- y que reconoce es una de claves para poder llevar adelante esa carrera de resistencia que es hacer cine- Melina confiesa que no le hubiera venido mal algo más de apoyo institucional que le ahorrara algunos quebraderos de cabeza. “Como nunca he hecho algo que no me haya costado la vida pues entonces no te puedo decir cómo será eso. Sí que me hubiera gustado que algunas instituciones nos apoyen, pero hay mucho de esto de no apostar por una directora, mujer, desconocida. Poca gente se lanza a apostar, pocos sueñan e intuyen. Pero ojalá que ahora que ya está lista, el Perú reciba la película con ilusión, porque no es solo mía, es de todos”, dice mientras se entrega a las risas que todo lo aligeran.

Mientras la vorágine de los preparativos y las expectativas está en su punto máximo ella mantiene el tipo y la promesa que se hizo en aquellos años de exploración y aprendizaje post universitarios. “A veces hay que abandonar el mundo de las ideas y entregarse a la intuición, a ese no saber qué va a pasar y aún así animarse a construirlo”. Y esa, más que una consigna de directora, es una lección de vida. Y vaya que le ha funcionado.

Escribe: Claudia Blanco, editora MQT

Fotos: Archivo Beatriz Torres