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No se nace macho: hacia la construcción de una masculinidad saludable

Han pasado casi dos décadas desde que empezamos el siglo XXI y todavía hay quienes creen que hablar de lo masculino remite irremediablemente a la imagen del “macho que se respeta” y sus consignas.

Ideas como que los hombres no deben expresar sus emociones, que no se dedican a ciertas profesiones o que el ballet es para las niñas y solo los niños son los que hacen “el taekwondo”, inundan todavía más mentes de las que piensas.

Las evidencias están por todos lados. En los videojuegos, en la tele, en los jardines infantiles y demás espacios en los que las actividades y el trato se siguen separando y trastocando el desarrollo  para niños y niñas.

Y entonces tenemos que, en sus primeros años de vida (momento crucial para su desarrollo), a las niñas se les enseña a ser expresivas, delicadas y vulnerables, se les impone como única alternativa el uniforme rosa con falda tutú, mientras  los niños se amarran cinturones de colores para aprender técnicas de autodefensa. A estos últimos se les transmite, en suma, que lo de ellos es la fortaleza a toda prueba, la valentía siempre y la poca expresividad como signo de virilidad.

La situación es bastante absurda si uno se toma un momento para pensarla. En estos tiempos de visibilización de la violencia sistemática hacia la mujer en nuestra sociedad, no viene para nada mal reforzar nuevas masculinidades en los niños, liberarlos de la pesada carga de negar una parte de ellos mismos en nombre de una construcción social caduca. “Ser todo un hombre” no tiene más significado que el que cada uno le quiera dar, sin necesidad de probarlo al mundo o ni cumpliendo los estereotipos que campean como insistentes fantasmas.

En su artículo “La masculinidad está matando a los hombres: la construcción del hombre y su desarraigo”, Kali Halloway revela que “los recortes emocionales hacia nuestros hijos (hombres) comienzan en el mismo umbral de su vida, en el momento más vulnerable de la misma” y ocurre incluso en hogares “progresistas”.

Progenitores que explícitamente se mostraban partidarios de la igualdad de género ofrecían, por el contrario, más respuestas positivas a sus hijos cuando jugaban con Legos y más respuestas negativas a sus hijas cuando mostraban actitudes «deportivas». Se premiaba más los momentos de juego sin vigilancia parental, o «logros individuales» a los chicos y se mostraban más respuestas positivas a las chicas cuando estas requerían ayuda. Como norma, estos progenitores ignoraban el papel activo que estaban jugando en la socialización de sus hijos con arreglo a roles de género.

 

Las diferencias no solo se hacían evidentes en el campo cognitivo sino en el emocional. Mientras, por defecto, a las niñas se les permite conservar la expresividad emocional y cultivar la conectividad social, los niños aprenden lo opuesto: se les educa a eliminar esas emociones, se les inculca la idea de que su identidad como hombres depende de ello. En ese sentido la reflexión de Halloway es contundente:

Es de vital importancia que nos tomemos en serio lo que le hacemos a los pequeños asignados hombre al nacer, cómo lo hacemos y el altísimo coste emocional provocado por la masculinidad, que convierte a pequeños emocionalmente completos en adultos debilitados sentimentalmente.

Marvin Allen, en su libro ‘Por qué los hombres no pueden sentir’, apunta que a los hombres desde pequeños se les enseña:

• A ser competitivos,
• A centrarse en los logros externos,
• Depender de su intelecto,
• Soportar el dolor físico y
• Reprimir sus sentimientos de vulnerabilidad.

Cualquier violación de estas “reglas” ante los demás hombres merece la humillación, el ridículo y la vergüenza, apunta Allen. Entonces, ¿por qué continuar con el ciclo en vez de romperlo? Una nueva masculinidad empieza respondiendo esa pregunta.

Escribe: Diego Pereira

Foto Portada: Diario El Comercio