Mujeres Que Transforman es una plataforma que busca visibilizar los emprendimientos que realizan las mujeres en el Perú, así como las problemáticas y desafíos al que se enfrentan día tras día.

Leddy Mozambite: la trabajadora del hogar que nunca bajó los brazos

En la azotea de aquella casona del Rímac a donde había llegado a los 14 años, Leddy Mozombite tendía la ropa lavada. Llevaba un año en la capital desde que dejó a toda su familia en Yurimaguas (Alto Amazonas, Loreto). El esposo de la mujer que la contrató como trabajadora del hogar, un exmilitar, fue directo con su propuesta de abuso: “¿Sabes qué? Te voy a dar plata, pero solo me vas a tocar”. Apenas escuchó las palabras, Leddy corrió a quejarse con la señora de la casa que, tras escuchar el relato, encaró al marido. “Él bajó y me gritó: ‘¡Mentirosa! Te voy a romper la cabeza con esta silla’”, recuerda Leddy. “No sé de dónde me salió el valor, pero cogí otra silla y le respondí: ‘¡Usted me tira y yo también le arrojo esta silla!”. La advertencia puso fin al incidente, pero a los pocos días, Leddy decidió dejar esa casa.

La valentía es un rasgo que esta dirigente sindical fue forjando a punta de pruebas difíciles. En 59 años de vida esta mujer ha vivido y superado el abuso, el hambre, el miedo y el dolor. La sexta en un hogar de 18 hijos aprendió demasiado pronto de responsabilidades y de trabajo duro. A los siete años sus padres le permitieron cuidar a un par de niños de un año. Terminó con una quemadura en el abdomen con el agua que hervía para bañar a uno de ellos. Y luego vendrían más tragos amargos.

Aquel incidente del intento de abuso en la azotea solo fue la gota que derramó el vaso de la tolerancia. En esa casona laboraba durante siete días a la semana y no recibía sueldo porque sus jefes argumentaban que se estaban cobrando el pasaje del avión con el que la trajeron a la ciudad. Las cartas que escribía a su familia para pedir que la saquen de ahí nunca llegaron a sus destinatarios. Gracias a una trabajadora del hogar que conoció en el mercado, pudo contactar a otra familia que la ayudó a dejar ese lugar.

Mucho ha pasado desde aquellos episodios que la marcaron. Leddy, que ahora es secretaria general de la Federación Nacional de Trabajadoras y Trabajadores del Hogar del Perú (Fenttrahop), lo rememora sin rencor, y los cuenta con la serenidad de quien tiene el pasado superado. Ni las heridas, ni los intentos de abuso la detuvieron en su camino como lideresa social. Tampoco el machismo que tuvo que sortear de soltera y de casada.

“Las mujeres no estudiábamos. Antes hacían estudiar solo a los hombres. Mi hermano mayor es el único que ha tenido una carrera”, comenta. A pesar de esa regla de antaño, Leddy terminó la secundaria. De casada y con dos hijos, se mudó a Villa El Salvador (VES). Ya no trabajaba en casas, pero el machismo aún le soplaba la nuca. “Mis vecinas me eligieron como secretaria general de mi manzana, pero mi exesposo decía que mejor él cogía el puesto porque yo me iba a reunir con todos los vecinos. La gente reclamó que me eligieron a mí, así que él aceptó, pero me hacía la vida imposible”.

Recuerda que la escogieron en ese cargo porque junto a sus vecinas organizó una puesta teatral por el Día de la Madre. “Compramos cajas de cerveza para que los hombres vinieran. Pensaron que iban a tomar, pero en realidad la obra trataba sobre la violencia familiar”. Esa problemática era muy común en su distrito. Fue testigo de ello cuando trabajó para el Inabif, como representante de todas la madres cuidadoras de VES.

A los 36 años regresó a laborar como trabajadora del hogar. Para entonces, sin embargo, ya era consciente de sus demandas. Años antes había conocido a Adelinda Díaz, una dirigenta que volanteaba información sobre los derechos que debían reclamar. Fue lo que Leddy necesitaba para hacer germinar la semilla que cultivaba desde muy joven. Tras años de reuniones, en el 2012, nació Fenttrahop, la federación que actualmente reúne a once sindicatos de trabajadoras del hogar a nivel nacional.

Leddy continúa en este oficio. Lo hace tres veces por semana, aunque ahora existe un nuevo bache: “A muchas compañeras las despiden cuando les encuentran los folletos de los sindicatos o no las quieren tomar porque las califican de reclamonas”. Eso no la amilana. En sus días libres, se dedica gratuitamente a las tareas de la organización, como la última conferencia que desarrolló en el Congreso para que el convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo se cumpla en el Perú. Ya fue ratificado en julio último pero aún falta aplicarlo. “Debemos tener seguro social, un contrato por escrito, un protocolo de inspección laboral y un salario no menor al sueldo mínimo. En regiones ganan hasta 250 soles mensuales. No es un cuento, yo lo he visto”, dice Leddy. Tienen un año para presionar al Estado a cumplir lo firmado. Sabe que no será fácil, pero no está dispuesta a bajar los brazos, como tampoco bajó aquella silla con la que se defendió en el Rímac.

Escribe: Andy Livise