Mujeres Que Transforman es una plataforma que busca visibilizar los emprendimientos que realizan las mujeres en el Perú, así como las problemáticas y desafíos al que se enfrentan día tras día.

Mujer rural, igualdad y desarrollo sostenible

El cambio climático nos afecta cada vez más. Su impacto depende de factores como la ubicación geográfica, los recursos que se dispone para encararlos, la capacidad de respuesta institucional, etc. Sus efectos también son diferenciados entre mujeres y hombres. Ello quedó en evidencia cuando el Niño Costero: a los daños comunes a la población, muchas mujeres debieron enfrentar un incremento de amenaza de violencia sexual,de embarazos de riesgo, no sólo por los caminos cortados, sino por infecciones como el terrible zika. Los desastres naturales, como las crisis económicas, pueden ahondar las desigualdades varias, incluyendo las de género.

La vulnerabilidad de las mujeres rurales se expresa no sólo frente a esos eventos, sino además en el día a día. Por ejemplo, en la desigualdad en el acceso y derechos sobre los recursos, empezando por los más esenciales, la tierra y el agua.

La tierra es el recurso fundamental en el campo. Si bien el 90% de la agricultura nacional es de tipo familiar (MINAGRI, 2015), en la mayoría de los casos, el titular o, a veces, el propietario único inscrito es el esposo. Así, en el Perú, apenas el 30.8% de los productores agropecuarios son mujeres y el 69.2% hombres (Cenagro, 2012). Ciertamente, esta cifra no da cuenta de lo que en la práctica es una cogestión, invisibilizando a las esposas o parejas.

Esa situación coloca en mayor vulnerabilidad a las mujeres pues, si el esposo decide dejar el hogar y formar otro, la esposa puede quedar desamparada. Además, los derechos sobre la tierra son el fundamento de otros derechos. Por ejemplo, sobre la gestión del otro recurso fundamental, el agua.

Las mujeres, además, sólo controlan poco más del 20% de la superficie cultivada. Si vemos la extensión de sus tierras, comprobamos que dichas productoras tienen en promedio parcelas más pequeñas (el promedio en las mujeres productoras es 4.6 hectáreas, entre los hombres, 7).
Asimismo, según el último Censo Agrario (2012), las mujeres campesinas son “más indias” que sus pares varones. En efecto, mientras el 36% de los varones productores agropecuarios aprendieron una lengua nativa, en las mujeres llegaban al 42%.

La falta de horizontes de las adolescentes se ve expresado en un dato: según la OIM (2015) ellas migran dentro del país más que sus pares varones (el índice de masculinidad de esos migrantes entre 15 y 19 años es 85.1). Varias de ellas, probablemente, serán víctimas de trata, explotación laboral (por ejemplo, en la agroindustria y servicio doméstico) o sexual (en torno a puertos, minería informal, etc).

Un desarrollo humano y sostenible requiere tomar en cuenta las diversas desigualdades, incluyendo las de género, particularmente de las más pobres e indígenas. No sólo para encarar situaciones injustas, sino para promover las propias potencialidades de las mujeres, para beneficio familiar, de la comunidad y del país.

Esa perspectiva implica también aprovechar sus conocimientos sobre el manejo del medio ambiente (por ejemplo, en su uso diferenciado del bosque).
En esa apuesta, es alentador ver cómo jóvenes profesionales como Vivian Zúñiga regresan a su región. En el caso de Zúñiga, a Ancash, para dirigir una empresa y asociar a mujeres bajo una propuesta de revalorización de productos andinos, alcanzando reconocimientos como el Premio Rocoto de Oro 2013de Mistura, por el manejo sostenible de la agro biodiversidad, gracias a la presentación de su harina de Tocosh.O Karina Pinasco, bióloga que también emprendió el retorno a la tierra familiar, Moyobamba, y brinda asesoría a comunidades en el manejo sostenible de sus bosques, además de gestionar una concesión para conservación.

Otras, como Esperanza Dionisio, abrieron caminos, logrando ejercer el liderazgo en medios dominados por hombres. En efecto, Dionisio se constituyó en la primera mujer en asumir la gerencia de una cooperativa cafetera en el Perú. Tomó el reto en un momento difícil y actualmente la cooperativa Pangoa exporta exitosamente, con una propuesta de producción orgánica.

O las lideresas Ruth Buendía o Tarcila Rivera, cada una en su ámbito de lucha, dedicadas a la defensa de los derechos de los pueblos y de las propias mujeres indígenas y el manejo responsable del medio ambiente. Ruth Buendía recibió el 2014 el Premio medioambiental Goldman y el Bartolomé de las Casas. Tarcila Rivera, por su parte, el 2016 fue designada miembro del Foro Permanente para las Cuestiones Indígenas de las Naciones Unidas. Más allá de estos y otros liderazgos individuales, es importante destacar actores que van teniendo un creciente protagonismo: las organizaciones de mujeres indígenas. La ONAMIAP y FENMUCARINAP a nivel nacional, articulan otras tantas, regionales y locales.

Estas mujeres han emprendido acciones a favor del desarrollo sostenible en el país, cada una en su ámbito, a pesar de las barreras de desigualdad y a veces de discriminación. Con valor y creatividad.


Alicia del Águila
Editora invitada. Socióloga, doctora en Ciencias Sociales. Investigadora en temas de género, etnicidad y políticas públicas. Actualmente trabaja como Especialista Senior en Igualdad de Genero del Programa FSSP en Perú ( Proyecto de Apoyo a la Cooperación Canadiense).