Mujeres Que Transforman es una plataforma que busca visibilizar los emprendimientos que realizan las mujeres en el Perú, así como las problemáticas y desafíos al que se enfrentan día tras día.

Debemos formar y buscar redes de apoyo entre nosotras. Eso hace que te sientas más segura

Tenía unos meses de embarazo y trabajaba en una empresa transnacional. Un día subí al ascensor y uno de los gerentes me miró el vientre y me preguntó ‘¿Y hasta cuándo vas a estar enferma, ah?’”. Yo pensé: ¿Desde cuándo estar embarazada era estar enferma? En esa época no caí en cuenta de que lo que me había pasado era un hecho de discriminación”. La historia le pertenece a Erika Cavero, empresaria, líder y mujer todoterreno por convicción.

Ha pasado un poco más de 10 años desde ese episodio y Erika tiene ahora su propia empresa dedicada a la asesoría para la excelencia empresarial, es presidenta de la Asociación de Mujeres Empresarias del Perú (AMEP) y además miembro de la Cámara de Comercio de Lima.

Como líder de una agrupación que reúne a las mujeres empresarias locales, ha interiorizado una idea que se debe replicar en muchos espacios: juntas es mejor. “Primero asesoré a AMEP para su formación hace poco más de 10 años. Luego, ya cuando tuve mi empresa y gracias a mi amiga René Lombardi, fundadora de AMEP, entregué mucho más de mí a la asociación y empecé a entender la importancia de tener un respaldo en otras mujeres”.

Además es esposa y madre de dos hijos. De hecho, desde hace cinco años su esposo es también su socio de negocios: forma parte de Argos, la empresa que Erika formó apenas fue despedida de su trabajo. En su oficina de La Molina, donde nos recibe en la mañana de un sábado, hay dos elefantes y un búho adornando el escritorio. Para ella son representaciones de la paciencia y la sabiduría. Allí, Erika recuerda sin ápice de tensión ese momento poco grato en su historia: como especialista en calidad, se encargaba de monitorear el desempeño y productividad de las gerencias y reportaba directamente a la central en Suiza. Nunca hubo queja o reclamo sobre su desempeño. Sin embargo, un (mal) día, mientras su jefe directo estaba de vacaciones, la empresa le comunicó que no deseaba contar más con sus servicios.

“Apenas lo supe, hablé con una mi amiga René, quien me dio la idea de formar una empresa”. En un mes ya había creado Argos, que este año cumplió 10 años. En ese ínterin la volvieron a llamar de la transnacional. “Mi jefe me dijo ‘¿cómo es posible que ya no estés?’ Comprobé que me habían sacado por algo muy distinto a un ajuste en el presupuesto”. Erika reafirmó en ese momento que su trabajo y su futuro estaban en su propia empresa.

No fue la primera vez que Erika se lanzaba a algo nuevo con valentía y entusiasmo. Antes de los sastres y las oficinas, fue una católica devota casi captada por el Sodalicio, luego una rebelde viajera, hizo servicio militar en la Marina de Guerra con intenciones de quedarse, se fue a Estados Unidos a probar suerte limpiando casas y oficinas. Todo eso antes de asentarse en un trabajo fijo. Además, estudió filosofía en plena época de convulsión social en el país.

“Cuando el Sodalicio llegó al Callao empecé a asistir. Me gustaba la rigidez de su formación. Mi abuelo era marino y yo no pude quedarme en la Marina porque no había escuela de oficiales. Entonces formé parte de ese grupo hasta los 22 años”, recuerda. Cuando dejó la organización, ellos no volvieron a hablarle. Ella no volvió a mirar atrás.

Después de aquella etapa, empezó su travesía por la adultez y la aventura. Como le gustaba estar cerca del mar se fue a trabajar a un crucero por ocho meses. Hasta que se accidentó. Tenía 25 años.

Ya recuperada, viajó a Estados Unidos. Probó suerte unos seis meses como trabajadora de limpieza. Cuando se acabó el tiempo que le permitía su visa decidió regresar. Nuevamente en Perú la contrataron como agente de carga en una empresa aeroportuaria. Tenía 26 años. Eran principios de los noventa y era de las pocas mujeres que realizaban ese trabajo. Fue en esta empresa en la que empezó su camino en el mundo en que actualmente se desenvuelve.

Erika observa su camino de vida y se siente satisfecha con todo lo logrado. Tuvo que remontar dificultades, hacer acopio de coraje y redoblar los esfuerzos pero siempre se pudo. Está segura de que lo más importante para que una mujer se desarrolle es el apoyo de otras mujeres: “Debemos formar y buscar redes de apoyo entre nosotras. Eso hace que te sientas más segura porque no estás sola en el proceso de avanzar”, dice. Y tiene razón.