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Lucinda Terrazas, la mujer transformando una comunidad a los 78 años

La llovizna moja el barrio del asentamiento Edilberto Ramos. Es invierno y el frío más la humedad se filtran por cualquier chompa. Nada de esto detiene los pasos cortos de doña Lucinda Terrazas, una mujer de 78 años que barre el terreno que se convertirá en el parque de su barrio.

Desde el cerro de Villa El Salvador donde está ubicado, no solo se observa el mar, sino que hasta se escuchan los bailes de las olas y se sienten las frías caricias de la brisa marina. Aquí vive Lucinda desde 1984, cuando llegó desde Ayacucho con su único hijo de 10 años. “Todo esto era un arenal. No había ni piedras para marcar nuestros terrenos”, cuenta mientras sus perros África y Cachorro la acompañan.

Si por entonces doña Lucinda les hubiese prometido a sus vecinos que algún día tendrían pistas, veredas, luz, agua y hasta Internet, nadie le habría creído. Hoy lo único que falta para coronar su largo trayecto como lideresa vecinal es la construcción del parque. Desde el Estado le cerraban las puertas, la paseaban. Desde el otro flanco, los invasores de terrenos salivaban mientras se frotaban las manos. Tampoco faltaron los terroristas.

“Una vez, cuando unas dirigentas de la zona estábamos reunidas hablando de las invasiones, gritamos como si nos hubiesen hincado: ‘¡Vamos a defender nuestros terrenos! y en eso bajaba una fila de hombres con pasamontañas, palos y machetes. Nos quedamos quietecitas, mudas”, recuerda mientras ríe y endurece su cuerpo para imitar una parálisis.

Los subversivos campeaban por todo el distrito y este barrio no era la excepción. “Comenzaron a hablar que el terreno era del pueblo y de frente nombraron a una persona como nuevo dirigente. Organizaban las reuniones a las doce o una de la mañana. Para no darles el gusto, nosotras veníamos a esa hora. Por entonces las olas reventaban en nuestros oídos, pero igual nos quedábamos, todas abrazadas por el frío”.

Su hijo, que ahora tiene 40 años, la cuida mucho y a veces manda a sus hijos para que la resguarden. Por eso Lucinda riega a escondidas su jardín y algunos árboles del futuro parque del barrio: él teme que la humedad la enferme. “Ni bien él se iba a trabajar con su carro, yo salía a barrer”, dice en voz baja a pesar de que no hay nadie en veinte metros a la redonda.

El extenso arenal en el que siempre estará barriendo, regando o sembrando alguna planta es la meta que tiene para jubilarse del trabajo dirigencial. Busca que el terreno se convierta en un parque. Por el momento, solo tiene una cancha, algunos árboles, una pequeña parte empedrada y una estatuilla de la virgen María que Lucinda instaló en 1994 para los vecinos.

¿Es católica?, le preguntamos.

Uhm… antes, contesta.

¿Y ahora?

Uhm… también, responde y una risa traviesa la invade.

Doña Lucinda en realidad es mormona, lo es desde hace años solo que le pidió a su hermana que donara la estatuilla porque los vecinos sí son católicos: “Tengo que apoyar a la gente”.

No comparte la misma fe religiosa, pero sí la esperanza por su barrio.

“Ya empezarán con la construcción del parque este año o el otro”, afirma con la seguridad de quien ha tocado puertas de municipios y organizaciones durante años. “No días, ni meses, sino años”, resalta.

La fundación Avina, que trabaja con el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (UN-HABITAT, por sus siglas en inglés) escuchó el llamado de doña Lucinda. En el 2014, gracias a Anna Zucchetti, entonces presidenta de Serpar, conocieron a la dirigenta. Desde entonces, los propios vecinos (niños y adultos) participaron en el diseño del parque ayudados del juego Minecraft. Tendrá canchas, juegos para niños, caminos y un sistema de riego sustentable. Se llamará “parque mamá Lucinda” como justo reconocimiento a la lideresa que en ese camino de compartir experiencias y aprendizajes ha tenido la oportunidad de visitar Ecuador y, hace pocas semanas Bélgica.

“A veces uno quisiera ser joven, para tener las mismas fuerzas porque la naturaleza humana es así: aunque tú no quieras, llega una edad en la que tambaleas”, reflexiona como si ser madre soltera, dirigenta en tiempos del terror y trabajar por tu comunidad hasta los 78 años fuera poca demostración de una fuerza juvenil.