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El circo genera vínculos, no solo entretenimiento

Para Fiorella Quiñones el circo es mucho más que un colorido y lejano recuerdo de la niñez. Es su vida. Ese espacio fantástico, colorido, lúdico que la mayoría de niños disfruta en solo una etapa, ella lo ha convertido en un proyecto real y ambicioso.

Cuando terminó el colegio decidió estudiar durante tres años danza contemporánea, pero no se sentía completamente satisfecha. Algo faltaba. Fiorella quería ese reto que le exigiera más fuerza. Y fue en esa búsqueda que encontró a La Tarumba, y con ello un complemento personal, profesional, humano.

“Cada semana me enamoraba de las telas, mezcla de la danza con la acrobacia aérea. Fue entonces que supe que eso era lo mío. Trabajaba para pagarme la escuela, pero desde que egresé solo trabajo en labores vinculadas al circo”, cuenta.

 

Fiorella es ahora acróbata aérea profesional egresada de la Escuela de Circo La Tarumba. Su paso por esa casa le ha dejado las valiosas experiencias al ser parte de espectáculos como Hechicero (2009), Landó (2010), Gala (2014), Zanni (2015).

“Me dieron un certificado y además de felicitarme me dijeron que ya era una artista de su lista. Para mí es un logro, me dije a mí misma que estoy yendo por buen camino. Sé que puedo estar en cualquiera de sus próximos shows, mientras tanto sigo adelante”.

Las señales de que va por buen rumbo no han dejado de sumarse. En el 2013 postuló a un casting con el Cirque du Soleil, y fue reconocida como artista de nivel (en cuerda lisa) y quedó seleccionada para participar en cualquiera de sus próximas producciones.

El circo le proporciona novedad, fuerza, miedo, vértigo, destreza, magia. Las telas, cuerdas, arcos y trapecios han sido parte de ella durante los últimos 12 años.

“Luego de formarme durante tres años en La Tarumba, fui completando mi formación fuera del Perú, con diversos profesores. Estuve un año en Argentina, otro en Chile. También estuve en Venezuela y en México. Trabajando y estudiando. Todo ello me ha ayudado profesionalmente”, dice.

Su experiencia circense también le permitió hacer una introspección y entender que podía y debía enseñar lo que aprendía. Su labor pedagógica comenzó desde que egresó de la formación de circo, buscando siempre especializarse año a año, tomando talleres de circo social, ludo-pedagogía, y enseñando en diferentes espacios y entornos.

Desde el 2016 ha optado por insertar su labor de docencia con un modelo de negocio. En Sonrisa de Elefante, espacio abierto en el distrito de Jesús María, recibe a niños, jóvenes y adultos en talleres, pero a partir de 2018 con una escuela de circo allí mismo.

“La escuela que queremos es una que incentive en los alumnos el compromiso, a diferencia de los talleres, que son más flexibles. Mi visión es hacia más, incluso en los talleres, para que los chicos tengan una buena formación. Trabajaremos con teatro, música, danza, acrobacias, gimnasia”, explica.

Fiorella, como buena acróbata, no tiene miedo a dar el salto y a soñar en grande. Convencida de que el circo es una herramienta de desarrollo personal capaz de ayudar a transformar de manera positiva a cada individuo como ser humano y a la la sociedad en su conjunto, apuesta por más de lo que ya ha logrado. Quiere generar nuevos espacios fuera del circuito tradicional de oferta de entretenimiento, incentivar la agenda cultural en otros lugares de la capital, y que la industria cultural sea un negocio rentable, sostenible.

“El circo no solo es entretenimiento para quien se dedica a él. Es social, te da las herramientas para poder comunicarte con el otro, para confiar en el otro. Es un trabajo en equipo. Es rico confiar en tu compañero y viceversa, y eso genera vínculos, lazos y por ende una sociedad mucho mejor”, finaliza.


Alberto Ñiquen
Periodista. Editor de LaMula.